2020: Una década para redescubrir nuestra humanidad

Greg Satell, autor, conferenciante y asesor de innovación

Hay muchas predicciones sobre los retos a los que nos enfrentaremos en la próxima década y más adelante. Pero puede que estemos en el comienzo de lo que algunos visionarios creen que podría ser la década más disruptiva de la historia de la humanidad. En los próximos 25 años podríamos ver al primer billonario de la historia, pero 1 de cada 9 personas se van a dormir con hambre todos los días. Además, 1 de cada 10 seres humanos sigue ganando menos de 2 dólares al día, según los investigadores de Oxfam. En el mundo de los negocios, podemos encontrar numerosos ejemplos de empresas y sectores que o bien no pudieron adaptarse a las tecnologías disruptivas, el comportamiento de los consumidores y las macrotendencias que afectaban a su entorno, o bien eligieron ignorar sus implicaciones.

Hoy en día nos encontramos ante una encrucijada similar, afirma el asesor de innovación Greg Satell. Según Satell, nuestras elecciones durante la próxima década tendrán serias repercusiones en nuestro futuro. ¿Vamos a escoger ponernos al servicio de las tecnologías, o vamos a colocar vallas de contención para asegurarnos de que nos sirven a nosotros? ¿Vamos a tender puentes para solucionar la desigualdad económica y de ingresos, o vamos a mantener el status quo? Greg Satell nos aconseja que replanteemos nuestras prioridades. (El siguiente artículo es propiedad intelectual de  @Digitaltonto y se reproduce con su permiso):

Párese un momento a pensar cómo era el mundo hace exactamente un siglo. En 1920, las tecnologías disruptivas de la época, la electricidad y la combustión interna, ya tenían casi 40 años, pero poco impacto medible en la economía. Para la mayoría de la gente, la vida seguía como siempre y había pocos indicios de que algo iba mal.

Sin embargo, eso iba a cambiar en la siguiente década. A medida que se formaban ecosistemas en torno a las nuevas tecnologías, la productividad subió como la espuma y los estándares de vida mejoraron drásticamente. Sin embargo, no todo eran buenas noticias. Aunque la tecnología hizo mucho para mejorar la vida de las personas, también facilitó la guerra y el genocidio a una escala sin precedentes.

Es probable que hoy nos encontremos en un momento similar. Las tecnologías emergentes tienen el potencial de crear una nueva era de productividad, pero también de dar lugar a una destrucción terrible. Nos olvidamos con demasiada frecuencia de que la tecnología debería estar al servicio de los humanos, y no al revés. No se equivoque: este no es un problema que podamos resolver innovando. La tecnología no va a salvarnos. Tenemos que tomar mejores decisiones.

El fin de la ley de Moore: el paso a una nueva era de innovación

Durante las últimas décadas, la innovación se ha convertido prácticamente en un sinónimo de la tecnología digital. A medida que aprendimos a meter más y más transistores en una oblea de silicio, el valor pasó a estar en cosas como el diseño y la experiencia de usuario. La velocidad empresarial se aceleró y la agilidad se convirtió en un atributo competitivo primordial. La estrategia y la planificación dieron paso a la experimentación y la repetición.

El éxito de los emprendedores respaldados por capital riesgo les llevó a la arrogancia y finalmente dio lugar al mito de que, de alguna manera, Silicon Valley había encontrado un modelo que se podía aplicar a cualquier problema en cualquier sector o contexto. La valoración de las compañías tecnológicas explotó y empezó a surgir un nuevo libertarismo tecnológico, en el que muchos empezaron a valorar los algoritmos por encima de los juicios humanos.

Pero en la actualidad esta narrativa está empezando a desmoronarse por dos razones. En primer lugar, nuestra capacidad de comprimir más transistores en una oblea de silicona, comúnmente conocida como la ley de Moore, está llegando a su fin. En segundo lugar, estamos empezando a darnos cuenta de que la tecnología tiene un lado oscuro. Por ejemplo, la inteligencia artificial es vulnerable ante los sesgos y las redes sociales pueden tener efectos psicológicos negativos.

Al mismo tiempo, estamos empezando a entrar en una nueva era de la innovación alimentada por nuevas arquitecturas de computación, como la computación cuántica y neuromórfica, así como las revoluciones en biología sintética, ciencia de materiales y aprendizaje automático. Estas innovaciones requerirán un enfoque mucho más colaborativo y multidisciplinario. Nadie será capaz de trabajar solo.

Un nuevo universo ético

El 16 de julio de 1945, la primera explosión nuclear del mundo sacudió las llanuras de Nuevo México. J. Robert Oppenheimer, el líder del equipo científico que desarrolló la bomba atómica, escogió la ocasión para citar al Bhagavad Gita. «Ahora me he convertido en la muerte, destructora de mundos», dijo. Estaba claro que habíamos cruzado el Rubicón de la ética.

Muchos de los científicos de la época de Oppenheimer se convirtieron en activistas y redactaron un manifiesto que destacaba los peligros de las armas nucleares, lo cual contribuyó al tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares. Por otro lado, en la era digital no hemos tenido el mismo respeto por el poder y los peligros de la tecnología. De hecho, en su mayor parte, la cultura de ingeniería de Silicon Valley ha evitado los juicios morales sobre sus invenciones.

Hoy, sin embargo, a medida que nuestra tecnología se vuelve casi inimaginablemente poderosa, necesitamos cada vez más enfrentarnos a dilemas éticos significativos. Por ejemplo, la inteligencia artificial plantea una serie de cuestiones, desde dilemas sobre quién es responsable de las decisiones de las máquinas hasta cómo debemos decidir qué y cómo aprenden.

O pensemos en CRISPR, la tecnología de edición de genes que está revolucionando las ciencias biológicas y tiene el potencial de curar enfermedades terribles, como el cáncer y la esclerosis múltiple. Ya hemos visto los problemas que pueden crear los hackers con los virus informáticos. ¿Qué podríamos hacer para defendernos de un hacker que creara nuevos virus biológicos?

Ha habido algunos progresos esperanzadores. La mayoría de las grandes empresas tecnológicas se han unido a la ACLU, UNICEF y otros organismos para formar la coalición Partnership On AI, a fin de crear un foro que pueda desarrollar estándares razonables para la inteligencia artificial. Salesforce ha contratado a una directora de uso ético y humano. La pionera de CRISPR Jennifer Doudna ha comenzado un proceso similar en el Innovative Genomics Institute. Pero estos son poco más que los primeros pasos.

El reto del autoritarismo populista

Parece apropiado que la caída del Muro de Berlín sucediera el mismo mes en el que Tim Berners-Lee creó la World Wide Web, en noviembre de 1989. Lo que sucedió a continuación fue una era de gran optimismo en la que tanto la información como las personas disfrutaron de una libertad sin precedentes. Los poderes gemelos de la tecnología y la globalización parecían imparables.

En todo el mundo, los tecnócratas del mercado libre impulsaron un tipo de fundamentalismo de mercado conocido como el consenso de Washington. Para recibir préstamos, las naciones en desarrollo fueron obligadas a aceptar unas duras medidas económicas que jamás hubieran sido aceptadas en los países occidentales industrializados. En los países desarrollados, los intereses de los trabajadores perdieron terreno frente a las corporaciones.

Estas políticas produjeron auténticos logros. Cientos de millones de personas salieron de la pobreza. El libre comercio y la libre circulación se incrementaron. La tecnología permitió que incluso un niño relativamente pobre de un país pobre que contara con una conexión a internet pudiera acceder a la misma información que un rico heredero estudiante de una universidad de la Ivy League.

Sin embargo, en muchos sentidos, la tecnología y la globalización nos han fallado. La desigualdad de ingresos está en su nivel más alto en más de 50 años. En la mayoría de los sectores, el poder se concentra cada vez más en un puñado de empresas. En Estados Unidos, la movilidad social y la esperanza de vida en la clase obrera blanca están en declive, mientras que la ansiedad y la depresión alcanzan niveles de epidemia. Está claro que demasiadas personas se han quedado atrás.

Quizás no sea sorprendente el ascenso global de los movimientos populistas y autoritarios, que han cambiado drásticamente la forma de gobernar y se han vuelto en contra de las políticas abiertas que impulsaron el comienzo de la globalización y los avances tecnológicos. Hemos ido demasiado lejos. Tenemos que volver a enfocar la tecnología y los mercados en los humanos a cuyo servicio se supone que están.

Somos lo que escogemos

Los problemas a los que nos enfrentamos hoy pueden parecer inauditos y abrumadores, pero hemos pasado por esto antes. Tras la II Guerra Mundial, el mundo vacilaba entre la democracia liberal y el autoritarismo. Las nuevas tecnologías, como la energía nuclear, los antibióticos y los ordenadores, traían consigo posibilidades y retos sin precedentes.

Pero el resultado de la destrucción fue la creación de un sistema internacional completamente nuevo. Las Naciones Unidas ofrecieron un foro para resolver los problemas de manera pacífica. Los acuerdos de Breton Woods estabilizaron el sistema financiero global. La creación del estado de bienestar ayudó a paliar los efectos más duros de la economía de mercado y una mayor protección del trabajo contribuyó a crear una floreciente clase media. Los acuerdos armamentísticos redujeron el riesgo de Armagedón.

Hoy nos encontramos en una encrucijada similar. Estamos presenciando el nacimiento de una nueva era tecnológica en medio de un momento político decisivo. Las elecciones que hagamos durante la próxima década tendrán repercusiones que se harán notar a lo largo del próximo siglo. ¿Nos pondremos al servicio de las tecnologías o nos servirán ellas a nosotros? ¿Crearemos una nueva clase media global o seremos los vasallos de una élite global?

Una cosa está clara: la decisión está en nuestras manos. La tecnología no va a salvarnos. Los mercados no van a salvarnos. Podemos elegir ignorar los retos que tenemos ante nosotros, como hicimos en los años 20 y 30, u optar por crear instituciones que nos ayuden a superarlos y crear una nueva era de paz y prosperidad, como hicimos en los 40 y 50. La pelota está en nuestro tejado.

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